01/10/2011

La Villa de Chapala, Introducción 2

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 Pero para los que quedamos enamorados de Chapala es otra su historia: es la memoria fugaz de un amoroso temblor de piernas, es el recuerdo de los bailes y las tardeadas -bajo las ramas del laurel de la India que trajo Angel Corsi- sobre la sombra de la terraza en la plaza de la Villa de Monte Carlo, es el recuerdo de las mujeres tapatías -que, como dice el poeta, no son mujeres, son flores- todas bellas, sonrientes, quemadas por el sol y con su flor de jacaloxóchitl entreverada en el pelo; es un lugar donde se antoja por las madrugadas llevar gallo o serenata al atardecer; es un momento para reconstruir las lunadas en la playita frente al Malecón y el descanso del guerrero sobre las piernas de las tapatías con el pelo recogido y la piel húmeda; la Villa de Chapala ha sido y es, en la fantasía, el lugar de los encuentros definitivos y de los amores a primera vista; es un lugar de bodas y celebraciones, de trios y mariachis, de tequila y de sangrita de la viuda de Sánchez, originaria de la Villa. Es un lugar donde tiene uno la sensación de poder vivir con la camisa al aire y de soñar lo que querríamos ser cuando el tiempo pase, cuando todo llegue a su lugar y se acomode en su sitio para poderlo contar. 

Este libro pretende rescatar instantes de una época, crónicas de nuestros abuelos y sus costumbres -que se repitieron hasta mi generación- así como la bella y digna arquitectura de sus villas, y también, con algunos testimonios, imaginar, de pasada, cómo fue, cómo se vestían y dónde bailaban en la buena época de la Villa de Chapala. 
El proyecto original consideraba solamente el rescate de las obras arquitectónicas de mi abuelo Guillermo de Alba, que fue uno de los jóvenes descubridores de su belleza y de sus posiblidades, además de ser el arquitecto de su momento. Al iniciar la investigación de sus obras arquitectónicas, en particular la Estación del Ferrocarril en Chapala, descubrí que la obra del abuelo era muy amplia y abarcaba Guadalajara principalmente y rebasaba los limites geográficos de Chapala, asi que decidí posponer la monografía arquitectónica de Guillermo de Alba y tratar sobre la época en la que fue grandiosa la Villa de Chapala, época tan significactiva para un grupo de inversionistas, amantes y promotores de ese lugar: todos ellos compartían, con mi abuelo, el gusto y la visión por la belleza de la Villa.
Así pues, le segui la pista a don Ignacio Arzapalo; a Christian Scbietnan, el noruego que invirtió grandes fortunas en el Club de Yates, en el Ferrocarril de Chapala a La Capilla y en los buques de vapor para el transporte por el lago de pasajeros y carga; a los González Hermosillo de la Villa de Monte Carlo; 'I los Fernández Somellera y su Club de Automovilismo. Entre todos, habian apostado para convertir Chapala de un pueblo de pescadores, en una verdadera Villa. Estaban medios locos, como se dice, y seguramente eran extravagantes, pero tenían razón: habían descubierto no sólo un lugar de descanso, sino un pequeño paraíso hasta para un escritor inglés que encontró justo el lugar que necesitaba para escribir una obra importante de ficción y además utilizar su propia geografía como escenario de sus personajes: ése fue D.H. Lawrence, que llega en 1923 para escribir La serpiente emplumada.
 

 

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